lunes, 20 de febrero de 2017

El poder de la palabra




Es común que escuchemos decir que una imagen vale más que mil palabras, pero quizás se nos escapa de la mano, la importancia que tiene aquello que sale de nuestra boca. Si hacemos una observación sobre la manera en la que nos comunicamos, fácilmente daremos con la respuesta de que la palabra es la forma más usada por los humanos para el acto de la comunicación. Y no solo esto, sino que la misma tiene un enorme poder e impacto en nuestras vidas.
Hagamos un recuento de cuánto nos puede hacer sentir una palabra. Puede ser de amor, de poesía, de ánimo; o fácilmente puede apagar sueños o impulsos. Pero no tenemos que esperar a que la palabra de otro genere esto en nosotros, puesto que nosotros mismos, lo que nos decimos todos los días -inclusive mentalmente- tiene un efecto directo en cómo nuestro cerebro percibe la realidad.
¿Alguna vez has escuchado hablar sobre la Ley de atracción? Pues bien, es el principio que asegura que los pensamientos, ya sean conscientes o inconscientes, influyen sobre nuestra vida, pues esta ley argumenta que los pensamientos son unidades energéticas que devuelven a la persona una onda similar a la que perciben.
Pero saliéndonos de las referencias populares, según la programación neurolingüística (PNL), todo lo que digamos ejerce una fuerte influencia sobre nosotros. Cada vez que decimos “no puedo”, estamos señalando un objetivo y poniéndolo fuera de nuestro alcance. Así que nuestro cerebro, para ahorrar energía, ahorra también cualquier esfuerzo para lograr ese cometido.
Entonces, más allá de las capacidades que tengamos o no tengamos, cuando pensamos o afirmamos “no poder”, nuestro cerebro lo toma como un hecho, a causa de no saber diferenciar la realidad con la fantasía, por lo que de esta manera, cerramos cualquier puerta hacia aprender, lograr o alcanzar una meta que con mucho pesimismo, desde un inicio afirmamos no poder, e incluso -probablemente- dejando de lado un éxito que pudo haber sido.

          Así que aprender a sustituir ese pesimismo por un “voy a intentarlo”, ”puedo hacerlo”, “lo voy a lograr”, es una manera de colaborar biológica y psicológicamente con el camino hacia alguna meta, de allí queda lo que hagamos de nuestros actos, nuestra perseverancia y el esfuerzo que ejerzamos, pero nuestro cerebro, ya habrá dicho “¡Claro que sí!”

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