Es común que
escuchemos decir que una imagen vale más que mil palabras, pero quizás se nos
escapa de la mano, la importancia que tiene aquello que sale de nuestra boca.
Si hacemos una observación sobre la manera en la que nos comunicamos,
fácilmente daremos con la respuesta de que la palabra es la forma más usada por
los humanos para el acto de la comunicación. Y
no solo esto, sino que la misma tiene un enorme poder e impacto en nuestras
vidas.
Hagamos
un recuento de cuánto nos puede hacer sentir una palabra. Puede ser de amor, de
poesía, de ánimo; o fácilmente puede apagar sueños o impulsos. Pero no tenemos
que esperar a que la palabra de otro genere esto en nosotros, puesto que
nosotros mismos, lo que nos decimos todos los días -inclusive mentalmente-
tiene un efecto directo en cómo nuestro cerebro percibe la realidad.
¿Alguna
vez has escuchado hablar sobre la Ley de atracción? Pues bien, es el principio
que asegura que los pensamientos, ya sean conscientes o inconscientes, influyen
sobre nuestra vida, pues esta ley argumenta que los pensamientos son unidades energéticas
que devuelven a la persona una onda similar a la que perciben.
Pero
saliéndonos de las referencias populares, según la programación
neurolingüística (PNL), todo lo que digamos ejerce una fuerte influencia sobre
nosotros. Cada vez que decimos “no puedo”, estamos señalando un objetivo y
poniéndolo fuera de nuestro alcance. Así que nuestro cerebro, para ahorrar
energía, ahorra también cualquier esfuerzo para lograr ese cometido.
Entonces,
más allá de las capacidades que tengamos o no tengamos, cuando pensamos o
afirmamos “no poder”, nuestro cerebro lo toma como un hecho, a causa de no
saber diferenciar la realidad con la fantasía, por lo que de esta manera,
cerramos cualquier puerta hacia aprender, lograr o alcanzar una meta que con
mucho pesimismo, desde un inicio afirmamos no poder, e incluso -probablemente-
dejando de lado un éxito que pudo haber sido.
Así que aprender a sustituir ese
pesimismo por un “voy a intentarlo”, ”puedo hacerlo”, “lo voy a lograr”, es una
manera de colaborar biológica y psicológicamente con el camino hacia alguna
meta, de allí queda lo que hagamos de nuestros actos, nuestra perseverancia y
el esfuerzo que ejerzamos, pero nuestro cerebro, ya habrá dicho “¡Claro que
sí!”

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